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Discurso del ministro de Relaciones Exteriores al serle otorgado el Premio Nףbel de la Paz

10 dic 1994
 
  Discurso del ministro de Relaciones Exteriores
Shimon Peres
al serle otorgado el Premio Nbel de la Paz

Oslo, 10 de diciembre de 1994

Sus Majestades,
Presidente y Miembros de la Comisión Nóbel,
Primer Ministro Brundtland,
Primer Ministro Itzjak Rabín,
Presidente Arafat,
Miembros del Gobierno Noruego,
Distinguidos invitados,

Agradezco a la Comisión del Premio Nóbel su decisión de nombrarme entre los laureados del Premio Nóbel de la Paz este año.

Me complace recibir este premio junto con Itzjak Rabín, con quien he trabajado durante largos años por la defensa de nuestro país y con quien trabajo ahora por la causa de la paz en nuestra región. Esto es un tributo a su osado liderazgo.

Creo que es apropiado que el premio haya sido otorgado a Yasser Arafat. Su renuncia al camino de la confrontación en favor del camino del diálogo ha abierto el camino a la paz entre nosotros y el pueblo palestino, al que deseamos lo mejor en el futuro.

Estamos dejando atrás la era de la beligerancia y caminamos juntos en pos de la paz. Todo comenzo aquí, en Oslo, bajo los sabios auspicios y la buena voluntad del pueblo noruego. Es un privilegio para mi agradecer al pueblo noruego por sus magnánimos auspicios.

Desde mi más temprana juventud, he sabido que aunque esté obligado a planear cuidadosamente las etapas de nuestro viaje, tenemos derecho a soñar, y a seguir soñando, sobre su destino. Un hombre puede sentirse tan viejo como su edad, pero tan joven como sus sueños. Las leyes de la biología no se aplican a las aspiraciones de la sangre.

Nací en un pequeño poblado judío en la Rusia Blanca. No queda nada judío en él. Desde mi niñez he pensado en mi lugar de nacimiento como una mera estación en el camino. El sueño de mi familia, y el mio propio, era el de vivir en Israel, y nuestro viaje al puerto de Yafo fue un sueño que se hizo realidad. De no haber sido por este sueño y este viaje, probablemente yo habría perecido en las llamas, como ocurrió a tantos de mi pueblo, entre ellos casi toda mi familia.

Fui a la escuela en un poblado agrícola juvenil en el corazón de Israel. El poblado y sus campos estaban rodeados de alambre de púas, que separaba su verdor de la aridez de la enemistad en su derredor. Por las mañanas solíamos salir a los campos con hoces al hombro para cosechar los frutos de la tierra. Por las tardes salíamos con rifles al hombro para defender nuestras vidas. Los sábados solíamos visitar a nuestros vecinos árabes. Los sábados hablabamos de paz con ellos, aunque el resto de la semana intercambiabamos disparos en la oscuridad.

Desde el poblado juvenil de Ben Shemen, mis camaradas y yo íbamos al Kibutz Alumot en la Baja Galilea. No teníamos casas, ni electricidad, ni agua corriente. Pero teníamos una visión magnífica y un ambicioso sueño: construir una sociedad nueva e igualitaria que ennoblezca a cada uno de sus miembros.

No todos los sueños se hicieron realidad, pero tampoco todos se perdieron. La parte que se realizó creó un nuevo paisaje. La parte que no se realizó ha vivido en nuestros corazones hasta el día de hoy.

Durante dos decadas, en el Ministerio de Defensa, tuve el privilegio de trabajar de cerca con un hombre que era y sigue siendo, para mi, el judío más grande de nuestros tiempos. De el aprendí que la visión del futuro debe formar parte de la agenda del presente; que se pueden superar los obstáculos a fuerza de fe; que se puede sentir decepción, pero nunca desesperación. Por sobre todas las cosas, aprendí que la más sabia consideración es de base moral. David Ben Gurión ya no está entre nosotros, pero su visión sigue floreciendo: ser un pueblo singular, vivir en paz con nuestros vecinos.

Las guerras que peleamos fueron impuestas sobre nosotros. Gracias a las Fuerzas de Defensa de Israel, las ganamos todas, pero no logramos la mayor victoria que aspirábamos: librarnos de la necesidad de lograr victorias.

Demostramos que los agresores no necesariamente salen vencedores, pero aprendimos que los victoriosos no necesariamente ganan la paz.

No es sorprendente que la guerra, como método para conducir los asuntos humanos, esté agonizando, y que ha llegado el momento de enterrarla.

La espada, como nos enseña la Biblia, hiere la carne, pero no puede proveer sustento. No son los rifles sino los pueblos los que triunfan, y la conclusión de todas las guerras es que necesitamos gente mejor, no rifles mejores -- a fin de evitar las guerras, a fin de ganar la paz.

Hubo un tiempo en que la guerra era la única salida. Hoy en día, la paz es la "alternativa sin opción" para todos nosotros. Las razones de esto son profundas e incontrovertibles. Las fuentes de riqueza material y poder político han cambiado. Ya no están determinadas por el tamaño de los territorios ganados con la guerra. Hoy son la consecuencia del potencial intelectual, logrado principalmente con la educación.

Israel, esencialmente un país desértico, ha logrado impresionantes producciones agrícolas aplicando la ciencia en sus campos, sin expandir sus territorios o sus recursos hídricos.

La ciencia debe ser aprendida; no puede ser conquistada. Un ejército que pueda ocupar los conocimientos aún no ha sido creado. Y esa es la razón de que los ejércitos de ocupación sean cosa del pasado. De hecho, incuso para la defensa del país no se puede depender sólo de las armas. Las fronteras territoriales no son un obstáculo para los misiles balísticos, y ningún arma puede defender a una nación de un artefacto nuclear. Hoy en día la batalla por la supervivencia debe basarse en la sabiduría política y la visión moral, no menos que en el poder militar.

La ciencia, la tecnología y la información son -- para bien y para mal -- universales, no nacionales. Todo el mundo tiene acceso a ellas. Su accesibilidad no depende del color de la piel o el lugar de nacimiento. Las distinciones pasadas entre Este y Oeste, Norte y Sur, han perdido su importancia ante una nueva distinción: entre los que avanzan al ritmo de las nuevas oportunidades y los que se quedan atrás.

Los países acostumbraban a dividir el mundo entre amigos y enemigos. Esto ha cambiado. Los enemigos son ahora universales -- la pobreza, el hambre, la radicalización religiosa, la desertificación, las drogas, la proliferación de armas nucleares, la devastación ecológica. Estas son las amenazas que se ciernen sobre todas las naciones, así como la ciencia y la información son los amigos potenciales de todas las naciones.

La diplomacia y la estrategia clásicas estaban dirigidas a identificar a los enemigos y enfrentarlos. Ahora tienen que identificar peligros, locales y globales, a fin de combatirlos antes que se vuelvan desastres.

A medida que dejamos el mundo de los enemigos, a medida que entramos en el mundo de los peligros, las futuras guerras que podrían iniciarse no serán, probablemente, guerras de conquista de los fuertes contra los débiles, sino guerras de protesta de los débiles contra los fuertes.

El Medio Oriente no deberá perder nunca su orgullo de haber sido la cuna de la civilización. Pero aunque vivimos en la cuna, no podemos seguir por siempre en la infancia.

Hoy, como en mi juventud, sigo teniendo sueños. Me gustaría mencionar dos: el futuro del pueblo judío y el futuro del Medio Oriente.

Históricamente, el judaísmo ha sido mucho más exitoso que los judíos mismos. El pueblo judío permaneció pequeño, pero el espíritu de Jerusalem -- la capital de la vida judía, la ciudad santa y abierta a todas las religiones -- no ha parado de crecer. La Biblia se encuentra en cientos de millones de hogares. La majestad moral del Libro de los Libros ha sido invencible en los altibajos de la historia.

Es más: en repetidas ocasiones, la historia sucumbió a las inmortales ideas de la Biblia. El mensaje de que un Dios invisible creó al hombre según su imagen, y por lo que no hay órdenes altos o bajos del hombre, se ha fundido con la concientización de que la moralidad es la forma mas alta de sabiduría y, tal vez, de la belleza y el coraje también.

Hondas, flechas y cámaras de gas pueden aniquilar al hombre, pero no pueden destruir los valores humanos, la dignidad y la libertad del ser humano.

La historia judía representa una lección alentadora para la humanidad. Durante casi cuatro mil años, una pequeña nación diseminó un gran mensaje. Inicialmente, la nación vivió en su propia tierra; más tarde erró en el exilio. Esta pequeña nación nadó contra la corriente y fue constantemente perseguida, expulsada, pisoteada. No hay otro ejemplo en toda la historia -- ni siquiera entre los grandes imperios o sus colonias y dependencias -- de una nación, luego de una saga tan extensa de tragedias e infortunios, que se levanta de nuevo, se libera, reune a los remanentes dispersos e inicia de nuevo su aventura nacional, venciendo a escépticos dentro de ella y a enemigos allende sus fronteras, reviviendo su tierra y su idioma, reconstruyendo su identidad y logrando nuevas cimas de distinción y excelencia.

El mensaje del pueblo judío a la humanidad es que la fe y la visión moral pueden triunfar contra cualquier adversidad.

Los conflictos que están tomando forma al acercarnos al fin de nuestro siglo serán por el contenido de la civilización, no por territorios. La cultura judía ha vivido muchos siglos: ahora se ha enraizado de nuevo en su propia tierra. Por primera vez en nuestra historia, unos cinco millones de personas hablan hebreo, siendo su lengua madre. Esto es a la vez mucho y muy poco: mucho porque nunca han habido tantos hebreo-parlantes; poco porque una cultura basada en cinco millones de personas a duras penas podrá enfrentar el efecto infiltrante y corrosivo de la cultura de la televisión global. Durante las cinco décadas de la existencia de Israel, nuestros esfuerzos se han centrado en reestablecer nuestro centro territorial. En el futuro hemos de consagrar nuestros esfuerzos a fortalecer nuestro centro espiritual. El judaísmo -- o la judeidad -- es una fusión de creencias, historia, tierra y lenguaje. Ser judio significa pertenecer a un pueblo que es a la vez único y universal. Mi mayor esperanza es que nuestros hijos, como nuestros antepasados, no se contenten con lo transitorio y la impostura, sino que continúen arando el histórico zurco judío en los campos del espíritu humano, que Israel se convierta en el centro de nuestra herencia, y no sólo un hogar para nuestro pueblo; que el pueblo judío reciba inspiración de otros, pero al mismo tiempo sea una fuente inspiración para otros.

El segundo sueño es sobre el Medio Oriente. En el Medio Oriente la mayoría de la gente está empobrecida y vive en la miseria. Es necesaria una nueva escala de prioridades, con las armas en el fondo y un mercado económico regional en el primer lugar. La mayoría de los habitantes de la región -- más de un sesenta por ciento -- tienen menos de 18 años. El Medio Oriente es un enorme jardín de infantes, una enorme escuela. Un nuevo futuro puede y debe ser ofrecido a ellos. Israel ha computadorizado su educación y ha logrado excelentes resultados. La educación puede ser computadorizada en todo el Medio Oriente, permitiendo a nuestros jóvenes, árabes y otros, progresar no sólo de grado en grado sino de generación en generación.

El rol de Israel en el Medio Oriente debe ser contribuir a un gran renacimiento permanente de la region:

Un Medio Oriente sin guerras, sin enemigos, sin misiles balísticos, sin ojivas nucleares.

Un Medio Oriente en que los hombres, los bienes y los servicios puedan moverse libremente sin necesidad de permisos de aduanas o licencias policiales.

Un Medio Oriente en que cada hombre religioso sea libre de rezar en su propio idioma -- árabe, hebreo, latín o cualquier idioma que elija -- y en el que los rezos lleguen a su destino sin censura, sin interferencia y sin ofender a nadie.

Un Medio Oriente en el que las naciones busquen la igualdad económica y alienten el pluralismo cultural.

Un Medio Oriente donde los jóvenes puedan acceder a la educación universitaria.

Un Medio Oriente donde el nivel de vida no sea de ninguna manera inferior a los de los países más avanzados del mundo -- permítanme decir, un Medio Oriente muy parecido a Escandinavia.

Un Medio Oriente donde las aguas fluyan para aplacar la sed, hacer que los cultivos crezcan y que los desiertos florezcan, donde no haya fronteras hostiles que produzcan muerte, hambre, desesperación y verguenza.

Un Medio Oriente de competencia, no dominación. Un Medio Oriente en el que los hombres sean anfitriones de sus semejantes, no sus rehenes.

Un Medio Oriente que no sea un campo de la muerte, sino un campo de creatividad y crecimiento.

Un Medio Oriente que honre su historia, que intente añadirle nuevos y nobles capítulos.

Un Medio Oriente que sirva de centro espiritual y cultural para todo el mundo.

Al tiempo que les agradezco por el premio, que agradezco a las muchas personas de uniforme y civiles que llegaron a este momento de felicidad y esperanza, creo que todos nosotros seguiremos comprometidos a continuar el proceso. Agradezco a mi familia, que me ha sido fiel durante este largo viaje y están convencidos, como yo, de que esta es la mejor opción.

Hemos llegado a una era en que el diálogo es realmente la única manera de conducir el mundo.

Sus Majestades, señoras y señores, les deseo a todos un feliz año nuevo, un año de esperanza y paz.

 
 
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